MAROSA DI GIORGIO: ESCRITURA SALVAJE Y CASTA (los cuerpos rebelados)

por Emilce Strucchi *



Pensó, él, faenarla, así, tiesa, ida. Le apuntó con acierto. Al punto céntrico, levantando las negras plumas, el plumón, para insertar bien el punzón. Ella dio un breve alarido, una cosa lúgubre, de virgen, de loca… Una cosa de adentro. Una cosa rara. Como si hubiese llorado la misma vulva. De la que cayó un poco de sangre, como ocurría a menudo. Afuera cantaban los pájaros.
Marosa di Giorgio


El objetivo de este trabajo es presentar y analizar parte de la producción de Marosa di Giorgio-enfatizando la erótica aunque no de manera excluyente-. En mi perspectiva su creación nos permite constatar la superación de la díada femenino-masculino; movimiento trascendental que se puede comprobar en un erotismo libre entre todos los seres del universo, capaces así de gozar de aquello que a un mismo tiempo es carnal y místico, violento y amoroso, casto y apasionado más allá del género y las distintas especies. “Hay una constelación hirviendo adentro de la piedra” dijo di Giorgio en una entrevista realizada con motivo de la publicación de sus relatos eróticos completos. En mi visión, su escritura (y se escribe con el cuerpo) encarna una rebelión liberadora con respecto a los imperativos de una sociedad fundada sobre tabúes y prohibiciones, ocultamientos y secretos. En esta ponencia asumo un punto de vista que intenta algunas intersecciones entre psico-biografía y escritura.

Marosa di Giorgio nació en Salto, Uruguay, en 1932 y murió en Montevideo en 2004. Descendiente de toscanos, relata en una entrevista para El Pueblo, de Salto, que sus primeros trece años los vivió en un lugar que “parecía un trasplante de Toscana”. Su abuelo materno Eugenio Médici (llegado a Salto en 1884), alrededor del año 1920 compró y trabajó dos quintas linderas a una zona de horticultura y ganadería que llegaba a cerros y cuchillas de naturaleza basáltica con muchas piedras semipreciosas: “tenía unas pecas sobre la cara (…). Unas pecas como piedras preciosas, de varios colores. Que la señalaban. Era un estigma. Esa turmalina sobre su cara.” El abuelo plantó olivares, flores, vides, frutales; crió gusanos de seda; importó hongos de Italia. La abuela Rosa Arreseigor de Médici, tanto como después la madre de Marosa (y ella misma), preparó dulces y conservas y pavos rellenos u otras delicias narradas magistralmente con poderosa nostalgia por nuestra autora: “Y un día, un día cualquiera, en cualquier minuto, te morirás entre las manos de almíbar de la abuela, riendo y llorando, de súbito, sin darte cuenta. Como aquella vez.”

Allí nacida y crecida en su primera infancia, este campo hermoso, fértil y ricamente sembrado-también dador de múltiples formas de vida-seguramente modeló la imaginación de Marosa y así fue incorporado en el territorio de su cuerpo niño: “A los diez años/ yo era aquella alta niña rubia/ al pie de las parvas de papas que mi padre levantaba/ (…)./ Ardían las legumbres, (…), los caballos blancos desconocidos/ (…) los ojos como medallones con zafiros,/ la boca llena de tremendas perlas, (…) galoparon, dulcemente,/ adentro de los aparadores de la abuela.”

La literatura de Marosa di Giorgio se destacó desde sus primeros títulos por una originalidad y libertad poco frecuentes. Hay en ella una intensidad y una nostalgia capaces de transportar al lector hasta su infancia con los olores y colores y la naturaleza que la rodeaban. Hasta allí nos conduce su escritura ya en su temprano Humo, antes citado, de 1955 (ella tenía 23 años al publicarlo): “Para revivir la edad anaranjada, hay que convocar a todos los testigos, a los que sufrieron, a los que se reían (…). Hay que reencender a las abuelas, que vengan con sus grandes cruces de canela a cuestas y bien clavadas con aquellos largos clavos aromáticos, como cuando vivían alrededor del fuego y del almíbar.” Lectora y lector y Marosa niños, tomados de la mano y guiados por los abuelos, sobre todo la abuela materna, somos llevados a vivir al campo como si fuera cuerpo-hogar y goce de un entorno que parece casi perfecto; infinitamente placentero, bello y libre de dolor. ¿Libre de dolor? “Oigo a los teros de la infancia, allá sobre el maizal que mi padre inventó (…). Estoy de pie, al lado de la casa (…). Y baila, allá, sobre las colinas, aquello atroz.” ¿Libre de dolor? Estos versos del poema ABUELA, del libro Magnolia (1965) que también pertenece a Los papeles salvajes, nos conducen hasta, o mejor son, la tristeza: “Anoche me desveló tu cabellera/ golpeándome en la cara/ como un viento largo (…). Yo no sé/ hacia qué aire mirar, hacia qué cementerio (…)/ entre las altas yerbas, oh, muerta deliciosa,/ te descompones en siete aromas, en siete colores,/ voy a probar de ti. (…) Alta madre,/ vieja novia, abuela, abuela,/ has inaugurado mi nombre,/ hondo,/ lejos,/ en un paisaje de huesos y planetas.”

En todo caso pareciera un gozo que se nutre de la angustia de una conciencia cabal de paraíso infantil perdido (por fortuna recuperado en la escritura); la pena propia de un duelo que se recrea en la evocación de una vida como de “cuento de hadas” (los cuentos de hadas también están plagados de seres tristes o crueles, como ocurre en la vida…) Placer y dolor, Eros y Thanatos o castidad y sexo salvaje, o mejor aún religioso y profano o también violencia y amor; díadas que lo son para ser nombradas de alguna manera, pues la niñez de Marosa-me atrevo a conjeturar-y su escritura fueron todo eso en simultáneo si uno escucha, mira, huele, palpa y degusta con fruición sus textos. Si particularmente nos enfocamos en sus relatos eróticos, se percibe como si fuese lo inconsciente (de Marosa) derramándose, de regreso a la infancia, convocando a sus recuerdos amorosos y además a la crueldad de las más salvajes evocaciones.

Nuestra autora y su hermana Nidia, cinco años menor, hacían representaciones ante su público familiar-de hecho luego ambas fueron actrices-. Marosa además refiere su amor por la mitología griega y todo tipo de lectura (muy estimulada en el hogar); desde joven integró el medio artístico y literario Salteño. Un periodista la recuerda en una semblanza luego de una entrevista para El Día, de Montevideo: “el pelo muy largo que se desplomaba sobre la espalda desnudísima en verano, que se enredaba en los chales en invierno, que siempre merodeaba por encima de los pechos como de mascarón de proa (…), la cintura muy fina, quizá muy apretada por aquellos cinturetes (…), los collares interminables, las caravanas (…) aquellos tacos que parecían salir de debajo de la tierra y clavarse en sus zapatos, (…) unos anteojos en punta hacia arriba, me parece que con piedritas brillantes” (…).

Una vez más la biografía de la autora ¿podría ser de otro modo? ilumina su literatura cuando descubrimos que sus relatos manifiestamente eróticos son escritos y publicados durante la década en que ella padeció de carcinoma óseo (la última década de su vida). Aquí se hace hincapié en Camino de las pedrerías (1997) y Rosa mística (2003). Obras de su madurez, bucean en las aguas muy profundas de un erotismo que, aunque siempre presente, ahora lo hace de un modo más explícito y magistral: “fabulonífico”, por poner un término que represente lo exiguo de las palabras para categorizar el excepcional estilo “Marosiano” (que ella nos legara al inventar, por ejemplo, su irrepetible “maravillante”).

Me arriesgo a afirmar que su literatura, hasta donde pude aprehenderla, configura un crecimiento en espiral ascendente donde cada nivel integra al anterior en complejidad e intensidad crecientes: sentires y pensares que no atienden a lo socialmente instituido, experiencias de vida infantil cuya evocación, con todos los “sentidos”, es motor de su esplendente obra. Así Camino de las pedrerías (1997) encuentra su antecedente en La falena (1987); y Rosa mística (2003), a su vez, crea una sublime síntesis -superadora- de erotismo-castidad-religioso-profano-muerte-vida-amor-violencia (y podría seguir enumerando…). Rosa mística fue publicada un año antes de la muerte de Marosa (2004). Tal vez ella lo intuía desde muy antiguo y lo plasmó en sus primeros escritos, como en el citado Humo, de 1955: “El negro caracol de los años tiene el interior de nácar; ese claro camino voy a volver; voy a desandar esa espiral blanca; y llegar de nuevo a aquella región.” Esto lo escribió a los 23 años. O tal vez antes; aunque en verdad no tiene importancia pues su obra rompió con las categorías espacio temporales tradicionales. De hecho, leer Humo o Poemas (sus primeras publicaciones), o bien Rosa mística (su última obra) constituye siempre la experiencia de un presente continuo.

Hacia el final de su obra (hacia el final de su vida), plasma, con maestría singular esa transcendencia respecto del género y de tantos tabúes que en su tiempo estaban vigentes (no olvidemos que nació en 1932 y su infancia y pubertad transcurrieron en un pueblo del interior de su país). Marosa di Giorgio parece comprender hondamente lo que hace falta y así penetra tabúes y mandatos sociales de manera admirable: su literatura atraviesa, recrea y escenifica intensamente el autoerotismo infantil y su crueldad propia-en los primeros años de la niñez-de los escasos mecanismos de represión (que con su culpa consiguiente se incrementarán más adelante en el desarrollo de las personas). En el ejemplo que sigue, se trata de lo profano y lo religioso, muy presentes en casi toda su producción; evoca un segundo baño-con uno no alcanzaba para purificarse de los actos masturbatorios-antes de tomar la Comunión. La escritora nos dice: “No se inquietó mucho, al principio. Contestó: -Espera. Que esté más oscuro. No nos vea Cristo. Sacó el crucifijo y lo guardó en caja, lo besó, le dijo: -Perdona eso que va a suceder.” Y luego: “La voz andaba por los oídos, la boca, sobre los dientes y sobre la lengua. Le hacía entreabrir la boca. Ella ya sintió sus pechos parados (…). La voz le hizo un torniquete en cada pezón. (…) Revoloteaba sobre la vulva que era un mariposón mojado, quieto, cuando la voz llegó, y se puso a su influjo como una araña brava, se entreabría y aspiraba y silbó un poco.”

Sus relatos eróticos regresan también al tiempo de la menarca (ella señala muchas veces los trece, catorce años) y al fuego sexual que la pubertad reactualiza con fuerza. Además, aluden de modo intenso a la pérdida de la virginidad, la violación, el embarazo, el parto, el aborto y la devoración como naturales y vigorosas formas del ser en el mundo. Algunos ejemplos de los ya citados Camino de las pedrerías y Rosa mística: “Tocaron las campanas a rebato. Cuando el asesinato, la violación del bebé; la devoración, la consunción. (…) y todo lo demás.” O bien: “Alumbró sola, en un atardecer, cuando no había nadie en la casa. Era un niño blanco, blando, hecho de ella misma, un angélico huevo; murió, rápido.” Y también: “Lo veía negro, ahora, brillante, como con disfraz, como con máscara, y con otra pierna (…). Ella gritó: -Aaah!... Él la hostigó, la perforó, así casi de perfil, hasta que él también clamó ¡aaah!”

Los cuerpos se rebelan en la obra de Marosa di Giorgio y si hay un género, es el “ser”; entonces, todos los seres del universo laten, vibran o gozan y sufren con fuerza inusitada: piedras y estrellas, gladiolos y murciélagos, las abejas y su miel, también las vacas, los gusanos y colibríes, animales terrestres y alados, absolutamente todo copula, se superpone, se ama y se violenta, todo se transforma y se place o se duele en completa libertad. El deseo sin límite violenta al lenguaje y se encarna en la escritura con punzones y cuchillos; escritura que es “cuerpoplacerdolor” siempre presente. En La falena (1987), incluido en Los papeles salvajes, Marosa escribe: “El que gobernaba los bosques era feroz, era ferozmente multisexual, es decir, reunía en sí mismo, muchísimos sexos, y uno más. (…) Iba desnudo, luciendo todos sus sexos, (…), o vestido de agua y turquesa (…). Era bellísimo. (…) Para él eran lo mismo los trenes y las lagartijas. Violó a las niñas casi inmediatamente después de nacer, más sin causarles ningún desprestigio (…).”

La escritura de Marosa di Giorgio sintetiza géneros y especies; supera toda discriminación y “es” libertad en un grado que no sé si alguien puede alcanzar durante su vida. El cuerpo salvaje de esta literatura recupera su instintiva libertad al modo en que lo plantea Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos. Es necesario referir, si bien no es el aspecto que me propuse desarrollar en este trabajo, la íntima conexión que se vislumbra entre la superación de estereotipos en la escritura de Marosa di Giorgio y los postulados básicos de la estética “queer” (abolición de la hegemonía de lo heterosexual como norma, ruptura de estereotipos sexuales y códigos culturales que da lugar a la transformación y el travestismo).

Como un modo de acercarme al cierre de este trabajo, digo que los cuerpos en rebelión contra lo socialmente establecido explotan, trasmutan en una escritura novísima. Lo que a otra adolescente o púber podría haberla mantenido en queja de apática rebelión, o también atada a la enfermedad desde la juventud, en Marosa se transformó en el don de una bella e irrepetible literatura. Llegada a este punto, el hecho de intentar iluminar algunos aspectos de la vida y la obra de nuestra autora, a mi entender muy importantes como aporte al tema de la libertad y trascendencia del planteo de género, abre a su vez a otros interrogantes de tal nivel de complejidad, que sólo me cabe apenas esbozarlos más abajo.

A partir de una hipótesis de índole psicológica anunciada en el comienzo de esta ponencia (el duelo como experiencia ante la pérdida del paraíso infantil; tema presente en la mayoría de las obras Marosianas), se pueden resumir distintas líneas hipotéticas. Por ejemplo, a lo largo de intensas lecturas y relecturas de sus relatos eróticos completos, encontré múltiples referencias a la pérdida de la virginidad como un hecho virulento, sangrante, doloroso y no obstante placentero: “No había terminado la frase y ya sentía allá, allá, el cuchillo íntimo, que había llegado por ya tortuoso sendero y hacía ejercicios. –Quedaré embarazada-dijo en voz alta, absurdamente-; no puedo más. No, no, no salgas. ¡Qué delicia!” Además, en dichos relatos es frecuente también la referencia a parientes varones (primos, y sobre todo tíos) asociados a episodios sexuales no siempre explícitos por completo. “¿Una mañana de cumpleaños?, allá tan lejos, lejísimos, cuando a la sombra de un aparador antiguo tuvo con aquel pariente, algo que… No se casó ya después de eso. Fue imposible. No sabía por qué. Alguna vez el hecho se repitió, claro, en los jardines.” En cambio sí casi siempre es explícita la violencia, y con presencia además y/o acción de punzones o cuchillos. Por otra parte hay muchas menciones a abortos realizados con agujas de tejer y luego enterrados los bebés o huevos, ritualmente, entre las flores. Y en esta misma línea -hipotética- dejo planteado un tema casi imposible de constatar: ¿sería probable, acaso, ligar además el duelo por la pérdida de la madre, muerte que aconteció en 1990, a su diagnosticado cáncer óseo ocurrido un par de años después? ¿Sería posible ligar sus libros eróticos y la publicación de los mismos a partir de 1993, con ese carcinoma que la afectó-precisamente-a partir de esa fecha? Desde ya, sólo es factible plantear estas cuestiones como meras conjeturas que siguen tratando de ligar sus textos con algunos datos de su vida. Al fin y al cabo: ¿habrá tal vez algo más salvajemente casto que la pérdida del ser amado con el que existe tal enorme ligazón, como la madre? “Ella comentó: -Me llama mamá. Le llevaré un hongo. Para cocinar. A ver. Y empezó a caminar con paso de Dios.”

Así finaliza Rosa mística y uno siente, al menos yo sentí y lo revivo cada vez que lo leo: se muere Marosa, en este instante acaba de morir una vez más y vuelvo a percibir el presente de su muerte y su vida. Vuelvo a gozar del cuerpo de su escritura que es todos los cuerpos y es la naturaleza en su sentido más elevado.

Y siento nuevamente ganas de llorarla y celebrarla. Y la lloro como tantas veces durante la lectura. Pero, curiosamente, me brotan azahares, rubíes, y gotas de miel.

* Emilce Strucchi es Psicoterapeuta. Poeta y narradora. Miembro del equipo de colaboradores de Ediciones Godot Argentina

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

  • CASSARA, Walter. Sobre los Relatos eróticos. Reportaje a Marosa di Giorgio en ocasión del lanzamiento de Rosa mística. Publicado en Buenos Aires, Argentina. Página/12, marzo de 2003. Marosa respondió por escrito. En: Marosa di Giorgio. El Gran Ratón Dorado, el Gran Ratón de lilas. Relatos eróticos completos. Buenos Aires, Argentina. 1ª ed. El Cuenco de Plata, 2008.
  • CIXOUS, Hélène. La risa de la medusa. Ensayos sobre la escritura. Rubí (Barcelona, España.) (Reimpresión) Anthropos Editorial, 2001.
  • DEL VILLAR, Viviana. La poesía del cuerpo: Marosa di Giorgio y la furia de la libertad. Trabajo presentado en el Museo Roca, Buenos Aires, Argentina, mayo de 2009.
  • DI GIORGIO, Marosa. Camino de las pedrerías. En: Marosa di Giorgio. El Gran Ratón Dorado, el Gran Ratón de lilas. Relatos eróticos completos. Buenos Aires, Argentina. 1ª ed. El Cuenco de Plata, 2008.
  • DI GIORGIO, Marosa. Los papeles salvajes. Edición definitiva de la obra poética reunida. Buenos Aires, Argentina. 1ª ed. Adriana Hidalgo editora, 2008.
  • DI GIORGIO, Marosa. Rosa mística. En: Marosa di Giorgio. El Gran Ratón Dorado, el Gran Ratón de lilas. Relatos eróticos completos. Buenos Aires, Argentina. 1ª ed. El Cuenco de Plata, 2008.
  • ECHAVARREN, Roberto. Marosa di Giorgio. En http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Echavarren/MarosaDiGiorgio.htm
  • MACHADO, Melisa. A escribir al mundo he venido. Publicado en Uruguay. EL PAIS CULTURAL, Nº 512, 18 de junio de 1999.
  • RUBIO, Graciela. Marosa di Giorgio y la afirmación de la vida (1932-2004). En Revista Internacional de Culturas & Literaturas. Facultad de Filología. Sevilla, España, marzo de 2006. En www.escritorasyescrituras.com/revista.php/4/2
  • PINKOLA ESTÉS, Clarissa. Mujeres que corren con los lobos: mitos y relatos del arquetipo de la Mujer Salvaje. Ediciones B, 2001. Barcelona (España)
  • STRUCCHI, Emilce. El canto de la mujer salvaje: sabiduría y libertad. Artículo inédito. Buenos Aires, Argentina. 2009